<<y por ellos me consagro yo mismo, para que también ellos estén consagrados con verdad>>.
Jesús estaba ya consagrado por Dios para su misión (10,36); sin embargo, afirma ahora que se consagra él mismo por sus discípulos. Esta última expresión, por ellos, evoca su muerte (10,11: el pastor modelo se entrega él mismo por las ovejas, cf.10,15; 11,54: que un solo hombre muera por el pueblo, cf. 11,51s; 15,13: dar la vida por sus amigos). La consagración de que habla Jesús es su muerte.
Para conciliar la doble afirmación hay que comprender cómo se coordinan la acción de Dios y la del hombre. La antigua consagración o unción con aceite se recibía pasivamente y confería un rango. La consagración con el Espíritu exige la colaboración.
Por parte de Dios, la consagración consiste en capacitar para la misión que él confía; por parte del que la recibe, en aceptarla y comprometerse a llevarla a cabo. El cumplimiento será progresivo, hasta llegar a su término.
Por parte de Dios, por tanto, la consagración se identifica con la comunicación del Espíritu. Por parte de Jesús, el Consagrado por Dios (6,69), ese don recibido, fuerza de vida y amor, se va manifestando en su actividad en favor del hombre. La muerte, su don total, será la aceptación total del Espíritu, llevando a su última consecuencia su dinamismo de amor a la humanidad. Así termina Jesús su propia consagración. Un don no llegar a ser tal hasta que es aceptado. La muerte de Jesús, mostrando la aceptación del don hasta lo último, le dará su realidad plena y definitiva.
Su muerte hará posible la consagración de los discípulos, pues ella les hará ver cuál es el máximo del amor (13,1) y por ella recibirán el Espíritu. Quedarán así consagrados, es decir, capacitados para recorrer el camino hacia el Padre (14,6), con y como Jesús, hasta llegar a la respuesta total
Jesús no propone un seguimiento voluntarista. Él no da únicamente ejemplo, sino la fuerza para seguirlo. No es sólo maestro, sino, sobre todo, salvador. Únicamente a partir de su acción (consagración inicial) se puede recorrer su camino (consagración realizada).
Se ve de nuevo (17,17b Lect.) que con el símbolo de la consagración en sus dos aspectos, inicial y final, se recogen las metáforas del prólogo <<nacer de nuevo>> y <<hacerse hijos de Dios>> (1,12.13).