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domingo, 16 de octubre de 2022

Jn 10,40-42

 

  • Jn 10,40a
  • Jn 10,40b
  • Jn 10,41a
  • Jn 10,41b
  • Jn 10,42
  • Después de la ruptura definitiva con la institución, Jesús efectúa la segunda etapa de su éxodo (cf. 6,1: paso del mar), el paso del Jordán, que recuerda el de Josué con el pueblo israelita para entrar en la tierra prometida (Jos 3-4). A su comunidad, nueva tierra prometida, la sitúa fuera del país judío que lo rechaza (se quedó allí). Muchos lo siguen en su éxodo (41), la nueva comunidad empieza a existir. Se insiste en el papel de Juan Bautista. No hizo señales porque sólo anunciaba a Jesús. Allí (42), en oposición a Jerusalén y al templo.

Jn 10,42

 Y allí muchos le dieron su adhesión.

<<Allí>>, en oposición a Jerusalén y al templo, donde han querido apedrearlo (10,31) y prenderlo (10,39). Los que acuden han visto en la actividad de Jesús la del Padre y, en ella, la manifestación de su amor fiel al hombre (2,11). Reconocen por sus obras su calidad de Mesías (10,25) y le dan su adhesión.

Para dársela han de pasar una frontera. Ya durante la actividad del Bautista era Betania un lugar de ruptura. Los que no salgan, no creerán.

SÍNTESIS

Como expresa Jn con diferentes formulaciones, la comunidad de Jesús, alternativa al mundo de opresión y muerte, no se confunde con éste, tiene su frontera, representada simbólicamente por el Jordán. Es la tierra donde el hombre goza de libertad y vida, en la actividad y la entrega del amor a los demás. El alejamiento de Jesús es simbólico, sus comunidades estarán en medio del mundo, pero sin pertenecer a él. Para creer en Jesús hay que seguirlo en su éxodo.

Jn 10,41b

 y decían: <<Juan no realizó ninguna señal, pero todo lo que dijo Juan de éste era verdad>>.

Se vuelve a insistir en el papel de Juan, precursor del Mesías. Su actividad fue un testimonio; no hizo señales porque no era él el realizador de la esperanza, sólo su anunciador. Es Jesús quien puede invocar la realidad de sus obras. Juan era sólo una voz (1,23), pero esa voz fue veraz; Jesús ha cumplido plenamente lo que anunciaba Juan: él había de ser el portador del Espíritu, que quitaría el pecado, la esclavitud del mundo, la sumisión de la humanidad a la tiniebla.

Hasta aquí, la actividad de Jesús ha mostrado la salvación que propone y ha atraído a un pueblo que no lo conocía. La que sigue (11,1ss) describirá la realización del designio de Dios en los que ya se han acercado a él.

Jn 10,41a

 Acudieron a él muchos.

Si en la primera etapa del éxodo fue una multitud la que acudió a Jesús (6,5), aquí, en la segunda etapa, los que acuden están individualizados (muchos); el éxodo de Jesús empieza a ser una realidad, la nueva comunidad comienza a existir. Son los que él ha hecho salir de la institución; él va delante y ellos lo siguen, porque conocen su voz (10,4), que es su mensaje de vida. Han optado por él frente a aquellos que lo persiguen a muerte.

Jn 10,40b

 al lugar donde Juan había estado bautizando al principio, y se quedó allí.

Este lugar se llama Betania (1,28). El pasaje ilumina el contenido del anuncio de Juan y el sentido de su bautismo con agua. Al situarse más allá del Jordán, Juan anunciaba la comunidad mesiánica. Ejercía su actividad en el término del éxodo de Jesús para pedir adhesión a la realidad que se avecinaba. Su localización significa, por tanto, un alejamiento de la institución judía y una exhortación a la ruptura con ella. Fue su presencia y actividad en aquel lugar la que motivó el interrogatorio a que fue sometido (1,19ss). Es la última mención de Juan en el evangelio. Se cierra un arco y se torna al lugar de los primeros acontecimientos.

Jesús se quedó allí. Se responde a la pregunta de los dos discípulos: Maestro, ¿dónde vives? (1,38s). Jesús, que no pertenece al orden aquel (8,23), reside fuera de la institución judía, creando el lugar del Espíritu. La frase: y aquel mismo día se quedaron a vivir con él (1,39) significa que los discípulos entraron a formar parte de su comunidad, que optaron por Jesús separándose de su pasado. Donde está el pastor está el rebaño (10,16).

Jn 10,40a

 Se fue esta vez al otro lado del Jordán.

Como se ha dicho explicando el contenido, Jesús, después del rechazo definitivo por parte de la institución judía, efectúa la segunda etapa de su éxodo, simbolizando la entrada en la tierra prometida. Esta representa su propia comunidad, el lugar de la vida plena (5,24b; 6,21 Lect.; 10,9.10b). Sin embargo, atraviesa el río en sentido contrario al de Josué, saliendo de los límites de Israel, pues la que fue tierra prometida se ha convertido en tierra de esclavitud (6,1 Lect.).

sábado, 27 de agosto de 2022

Jn 10,22a-39

 

  • Jn 10,22a
  • Jn 10,22b
  • Jn 10,23
  • Jn 10,24
  • Jn 10,25
  • Jn 10,26
  • Jn 10,27-28
  • Jn 10,29
  • Jn 10,30
  • Jn 10,31
  • Jn 10,32
  • Jn 10,33
  • Jn 10,34
  • Jn 10,35
  • Jn 10,36
  • Jn 10,37-38a
  • Jn 10,38b
  • Jn 10,39
  • Último enfrentamiento de Jesús con los dirigentes judíos. Como el primero (2,13ss), tiene lugar en el templo, donde Jesús no volverá a entrar. Se desarrolla en torno al tema de la consagración, la del templo (Fiesta de la Dedicación) y la de Jesús, consagrado por el Padre (36); él, como nuevo santuario, sustituye al antiguo (2,19-21).
  • La irritada pregunta hecha a Jesús, si es el Mesías (24), está en paralelo con la hecha a Juan Bautista (1,19ss). Jesús nunca toma en sus labios el título de Mesías, pues podía hacer creer que pretendía apoderarse del trono de Israel. Se limita a presentar sus credenciales, sus obras a favor del hombre (25). Ovejas (26-28), cf. 2,14s; 5,2; 10,1ss. Para hablar de su mesianismo se requiere una condición previa: reconocer que la actividad liberadora de Jesús es la de Dios mismo, la del Padre; donde se actúa a favor del hombre, allí está Dios. Pero los dirigentes no toleran esas obras, que minan su poder.
  • Los que son de Jesús (27-28) lo escuchan, es decir, le prestan adhesión de conducta y de vida (me siguen), comprometiéndose con él y como él a entregarse sin reservas a liberar y dar vida al hombre. El don de Jesús a los que lo siguen es el Espíritu y, con él, la vida que supera la muerte; estarán al seguro, pues Jesús es el pastor que defiende a los suyos hasta dar la vida (10,11).
  • Lo más importante para Jesús (29) es el fruto de su obra, la nueva humanidad, que el Padre le ha entregado (6,37.44.65) y que él constituye completando con el Espíritu la creación del hombre. El Padre está presente y se manifiesta en Jesús (30) y, a través de él, realiza su obra creadora, que lleva a cumplimiento su designio (5,17.30; 6,38-40). La identificación entre Jesús y el Padre excluye toda instancia superior. La oposición a Jesús es oposición a Dios.
  • Recurren a la violencia, con intención de matarlo (apedrearlo, cf. 8,59) son los mentirosos y homicidas (8,44). Ya que no pueden impugnar sus obras, pretenden atacar la ortodoxia de sus palabras. Tachan de blasfemia el designio de Dios (cf. 1,1) (30-33). Vuestra ley (34): Jesús no la considera suya (7,19; 8,17; 15,25). El apelativo dioses indica una particular semejanza con Dios; en el AT se aplicaba a los que reflejaban el poder de un Dios justiciero (los jefes en cuanto jueces), por eso Jesús se distancia del texto que cita (Sal 82,6) (vuestra ley); la semejanza con Dios no está en el poder, sino en la actividad del amor (37-38).
  • Desafío final a los dirigentes (37-38ª): la calidad del hombre se prueba por la de sus obras; él demuestra ser enviado e Hijo de Dios con las obras que realiza. Ellos, los embusteros y asesinos (8,44; 10,1.8.10), no pueden de ningún modo representar a Dios. Las credenciales jurídicas de que se glorían no cuentan; las únicas que atestiguan una misión divina no son siquiera las palabras (no me creáis), sino las obras. De ellas deben deducir la unidad entre Jesús y el Padre (cf. 8,46) (38b); ambos tienen el mismo objetivo, dar vida al hombre.
  • Intentan prenderlo, porque no tienen respuesta (39). Como de costumbre, apelan a la violencia (7,30; 8,20.59). Jesús sale definitivamente del templo.

Jn 10,39

 Otra vez intentaron entonces prenderlo, pero se les escapó de las manos.

Ya no responden, porque ha puesto al descubierto sus verdaderas motivaciones, y no tienen respuesta. Como de costumbre (otra vez: cf. 7,30; 8,20.59), apelan a la violencia, pero Jesús se les escapa.

Jesús sale definitivamente del templo, la ciudadela del sistema judío que rechaza al Mesías de modo irrevocable. Ya no volverá a tratar con los dirigentes, hasta que no llegue su hora, cuando lo detengan para matarlo (18,1ss). Jesús sale para marcharse más allá del Jordán, la nueva etapa de su éxodo.

SÍNTESIS

En este episodio, ante el interrogatorio oficial, define Jesús su condición de Mesías. Pero, en vez de aplicarse el título, se describe como el Hijo de Dios, es decir, como el Consagrado por el Padre por medio del Espíritu para una misión salvadora. Esta consagración confiere un dinamismo, que es la misma fuerza de Dios. De ahí que sus credenciales no sean jurídicas, sino que nazcan de su actividad, igual a la del Padre.

Las obras de Jesús, que realizan el plan creador, son las del Padre, cuyo amor comunica vida al hombre. No enseña doctrinas sobre Dios, muestra quién es a través de su acción misma. Se le enfrentan en la escena los dirigentes judíos, que de palabra respetan a Dios, mientras en su conducta son opresores del hombre.

En el trasfondo se oponen dos cadenas de realidades: vida (Dios), cuya actividad, el amor, produce vida: muerte, cuya actividad, el odio, produce muerte (8,44: homicida). Es la oposición entre Dios y <<el Enemigo>> (8,44), que se identifica con el poder del dinero (8,20).

Jn 10,38b

 <<así sabréis de una vez que el Padre está identificado conmigo y yo con el Padre>>.

De las obras deben deducir la unidad entre Jesús y el Padre (cf. 8,46); ambos tienen el mismo objetivo: dar vida al hombre. Como había aparecido al principio del episodio, Jesús no admite ser reconocido por Mesías sin que eso lleve al compromiso con él y con el Padre. No acepta una discusión teórica de su mesianismo. Si reconocen que su actividad es de Dios, lo que implica ponerse a favor del hombre, él es indiscutiblemente el Mesías. Si, en cambio, porque son opresores, no quieren reconocer que su actividad es de Dios, la discusión no llevaría a ninguna parte. No hay fe en Jesús sin que precede la opción en favor del hombre.

Jn 10,37-38a

 <<Si yo no realizo las obras de mi Padre no me creáis; pero si las realizo, aunque no me creáis a mí, creed a las obras>>.

Desafío final de Jesús a los dirigentes. La calidad del hombre se prueba por la de sus obras. Él dice ser el enviado del Padre e Hijo de Dios, y lo demuestra con las obras que hace.

La frase de Jesús los condena indirectamente. Ellos, los embusteros y asesinos (8,44; cf. 10,1.8.10), no pueden de ningún modo representar a Dios. Tienen credenciales jurídicas, pero ésas para Jesús no cuentan. Las únicas que atestiguan su misión divina no son siquiera sus palabras (no me creáis), sino las obras que realiza.

Jn 10,36

 <<de mí, a quien el Padre consagró y envió al mundo, ¿vosotros decís que blasfemo porque he dicho: ´Soy hijo de Dios´?>>.

Sobre las premisas establecidas antes, Jesús construye su argumento. Él no es uno de tantos a quien Dios haya dirigido su palabra. Él es aquel a quien el Padre consagró y envió al mundo. La consagración, efectuada por el Espíritu, que bajó y quedó sobre Jesús (1,32), estaba en función de la misión. El Espíritu recibido con entera plenitud lo constituyó Hijo de Dios, según la declaración del testigo, Juan Bautista (1,34). Ésta fue su unción (cf. Sal 2,2.6.7), su consagración mesiánica (cf. 6,69). Por ella es él quien consagra con el Espíritu (1,33: ése es el que va a bautizar con Espíritu Santo; cf. 17,17 Lect.) y aquel cuyas obras responden al dinamismo del Espíritu.

Contesta Jesús indirectamente a la pregunta del principio: Si eres tú el Mesías, dínoslo abiertamente (10,24). El diálogo está colocado en el contexto de la dedicación/consagración del templo; al declarar Jesús ser él el consagrado por el Padre está afirmando que toma el lugar del templo. La comunicación del Espíritu, vida-amor de Dios, es la comunicación de la gloria del Padre (1,14). Jesús es por eso la Tienda del Encuentro (ibíd.), el Santuario donde brilla la gloria y que sustituye al antiguo (2,19.21). La consagración por el Espíritu (1,32; cf. 6,27) resume y verifica en Jesús todos los antiguos símbolos de Israel, que no pretendían sino expresar la presencia permanente de Dios en su pueblo.

Sin embargo, la semejanza que da el Espíritu no es la del poder, como suponía el texto del salmo (10,34), sino la del amor. El Espíritu es la actividad del amor creador. Ahí está la igualdad y la unidad entre Jesús y el Padre (10,30).

Jn 10,35

 <<Si llamó dioses a aquellos a quienes Dios dirigió su palabra, y ese pasaje no se puede suprimir...>>.

Con esta frase recuerda Jn lo dicho en el prólogo: y la Palabra se dirigía a Dios (1,1). Los destinatarios del salmo habían recibido de Dios un mensaje, palabra o nombramiento momentáneo y circunstancial. Pero existe otra Palabra primordial y permanente, que en el principio se dirigía a Dios y que se hizo hombre (1,14), la palabra primera y definitiva, expresión máxima del amor de Dios creador. Esa palabra divina se ha realizado en Jesús. Si el apelativo <<dioses>> ha podido aplicarse a hombres, por haber sido objeto de una comunicación divina transitoria, Jesús, en quien se realiza la palabra/proyecto total y primigenio de Dios, podrá bien aplicarse con mayor razón ese mismo título (1,18).

Jn 10,34

 Les replicó Jesús: <<¿No está escrito en vuestra Ley: ´Yo he dicho: Sois dioses´?>>.

Jesús los rebate con su propia Ley, distanciándose de nuevo de las instituciones de Israel (vuestra Ley: cf, 7,19; 8,17; 15,25). El término <<Ley>> designa a menudo el AT entero o cualquier parte de él (cf. 12,34; Mt 5,18; Lc 16,17) y, de hecho, Jesús cita como <<Ley>> un salmo.

El pasaje aducido pertenece a Sal 82,6: Yo declaro: Sois dioses e hijos del Altísimo todos. El salmo contiene una requisitoria a los jefes; se les llama dioses por haber recibido un nombramiento divino para ejercer una función, la de juez, que competía primordialmente a Dios (cf. Éx 7,1: <<El Señor dijo a Moisés: Mira, te hago un dios para el Faraón>>; Dt 1,17; 19,7.17).

El título divino no era, por tanto, exclusivo; se aplicaba a aquellos a quienes se atribuía una particular semejanza con Dios; en el AT, a quienes reflejaban su poder. Por eso se distancia Jesús del texto que cita. La semejanza con Dios no está en el poder, sino en el amor.

     

     

     

Jn 10,33

 Le contestaron los dirigentes: <<No te apedreamos por ninguna obra excelente, sino por blasfemia; porque tú, siendo un hombre, te estás haciendo Dios>>.

Jesús les propone sus obras. Ellos, que, sin admitirlas, no pueden negar ya su calidad, pretenden disociarlas de sus palabras (por blasfemia), sin reconocer que las declaraciones de Jesús exponen simplemente lo implicado en su acción.

No reaccionan invocando la Ley (5,10; 9,14), la controversia sobre el sábado ha quedado ya expuesta (5,16ss; 7,21-24). Jesús responde ahora a la segunda acusación que le habían hecho en su visita anterior a Jerusalén (5,18), repetida ahora: porque tú, siendo un hombre, te estás haciendo Dios.

Ellos, que se contentan con palabras, hablan de blasfemia. Haber convertido la casa de Dios en un mercado (2,16), explotar al pueblo y tenerlo moribundo (5,3) no cuenta, con tal de tener en los labios el nombre de Dios. Es el respeto de palabra y el asesinato de hecho (8,44). Son el prototipo de lo que decía Is 1,14s: <<Sus solemnidades y fiestas las detesto; se me han vuelto una carga que no soporto más. Cuando extienden las manos, cierro los ojos; aunque multipliquen las plegarias, no los escucharé; sus manos están llenas de sangre>>; y 29,13: <<Este pueblo se me acerca con la boca y me glorifica con los labios, mientras su corazón está lejos de mí y su culto a mí es precepto humano y rutina>>.

En la acusación se trasluce la ironía de Jn. La expresión que ellos tachan de blasfemia describe exactamente el proyecto de Dios (1,1c Lect.). Ellos, que no aman, sino que odian (7,7), no tienen experiencia del amor de Dios (5,42) ni, por tanto, de su plan. Acusan a Jesús de hacerse Dios siendo hombre. No comprenden el amor del Padre.

Jn 10,32

 Les replicó Jesús: <<Muchas obras excelentes os he hecho ver, que son del Padre; ¿por cuál de esas obras me apedreáis?>>.

Ante su intento, Jesús le pregunta el motivo. Él no ha presentado más credenciales que sus obras, no tiene ninguna otra pretensión ni reclama ningún privilegio. Son, pues, sus obras las que merecerán alabanza o condenación. Si ellos las condenan, deben explicar cuál de ellas es la que merece la muerte. Las obras vuelven a ser caracterizadas como propias del Padre, Dios, en favor del hombre.

Jesús no arguye ni legitima su misión con declaraciones de palabra. Su enseñanza o sus discursos explican sus obras y exponen las consecuencias que de ellas se deducen (cf. 5,16ss; 6,26ss; 9,39ss).

El adjetivo excelente denota la calidad de las obras que procuran la integridad del hombre. Tales han sido hacer caminar al inválido y dar la visión al ciego. Acción buena, excelente, es la que suprime la indigencia, el dolor, la debilidad, la incompletez del hombre; la que lo acrecienta, haciéndolo adulto, libre y responsable.

El adjetivo contiene además una alusión a la obra divina de la creación. Las obras de Jesús la continúan y la llevan a término, porque el Padre sigue trabajando y él también trabaja (5,17). Son obras que crean vida, según el designio creador (1,4). Malo es lo que impide o destruye la vida, la anticreación.

Jn 10,31

 Los dirigentes cogieron de nuevo piedras para apedrearlo.

Son los mismos dirigentes que ya una vez habían intentado apedrear a Jesús (8,59), porque no podían admitir que él fuera la realización del plan de Dios (8,58 Lect.). Son los que tienen por Padre al Enemigo, los mentirosos y homicidas (8,44). Como corresponde a lo que son, su reacción es la violencia y la muerte. En cuanto Jesús identifica su actuación con la del Padre, lo rechazan de plano, porque tal declaración los acusa de ser enemigos de Dios, de quien ellos se llaman representantes.

En el templo mismo, la antigua casa del Padre, ahora casa de negocios (2,14-16), quieren matar al enviado de Dios, al Hijo, nuevo santuario donde brilla la gloria (2,21). Ellos, que la han expulsado de su templo, no pueden tolerar su manifestación en Jesús. El Mesías es para ellos un enemigo.

Jn 10,30

 <<Yo y el Padre somos uno>>.

Jesús, el nuevo santuario (2,19-21), hace presente al Padre. El Espíritu, el amor leal que lo llena, es el principio de su actividad (1,14.32). El Padre está presente y se manifiesta en Jesús y, a través de él, realiza su obra creadora, que lleva a cumplimiento su designio (5,17.30; 6,38-40). Jesús se entrega a la realización de este designio sin reservarse nada. Nada hay en él que se mantenga fuera de la actividad del Espíritu. Todo él es expresión del Padre (12,45; 14,9). La identificación entre él y el Padre excluye toda instancia superior a él mismo. La crítica a Jesús es crítica a Dios; la oposición a él es oposición a Dios. No pueden apoyarse en nada para juzgarlo. Ante él no hay más que aceptación o rechazo, sabiendo que la una o el otro incluyen la misma opción respecto a Dios.

Jn 10,29

 <<Lo que me ha entregado mi Padre es lo que más importa y nadie puede arrancar nada de la mano del Padre>>.

Para Jesús, como para el Padre, lo más importante es el fruto de su obra, la nueva humanidad, que el Padre le ha entregado (6,37.44.65) para que le comunique vida definitiva. Los previene que no intenten recuperar lo que han perdido, porque nadie puede arrancarlas de la mano del Padre. Jesús les da de nuevo este aviso (10,5). En el episodio del ciego, ellos han querido <<arrancarlo de la mano de Dios>>, pero no lo han conseguido, y estar en las manos de Jesús equivale a estar en las manos del Padre (cf. Is 43,13: <<No hay quien libre de mi mano; lo que yo hago, ¿quién lo deshará?>>).

Jn 10,27-28

 <<Las ovejas mías escuchan mi voz; yo las conozco y ellas me siguen, yo les doy vida definitiva y no se perderán jamás ni nadie las arrancará de mi mano>>.

Ante los dirigentes, que se niegan a responder a Jesús, describe él lo que significa ser de los suyos. Tienen por característica escuchar su voz, es decir, le prestan adhesión, no verbal ni de principio, sino de conducta y de vida (me siguen), comprometiéndose con él y como él a entregarse sin reservas al bien del hombre. El don de Jesús a los que lo siguen es la vida definitiva, el nuevo nacimiento por el Espíritu (3,3.5s), que acaba en ellos la obra creadora y les da la capacidad de hacerse hijos de Dios (1,12). Esos no se perderán nunca, pues la calidad de vida que él comunica supera la muerte (3,16; 8,51); pero, además, estarán al seguro (6,39; 10,9), no perecerán a manos de ladrones (10,10), ni serán arrebatados por el enemigo (cf. 10,12b), porque Jesús es el pastor que defiende a los suyos hasta dar la vida (10,11).

Jn 10,26

 <<Pero vosotros no creéis porque no sois ovejas mías>>.

No son de sus ovejas porque no responden a su llamada, que es la del Padre (6,45 Lect.). Nunca han escuchado la voz de Dios (5,37b), por eso no escuchan la de Jesús.

No conocen a Dios (5,37-38; 8,55) y no pueden reconocer sus obras (7,17), porque son ladrones y bandidos que explotan al pueblo (10,1.8.10). No aprenden del Padre (6,45) ni quieren realizar su designio (7,17), por eso no son de Jesús. No perciben la voz del Espíritu (3,8; cf. 8,14; 14,17).

Jn 21,24-25

  Jn 21,24a Jn 21,24b Jn 21,25  La comunidad presenta el testimonio del evangelista. Autor del Evangelio, el discípulo predilecto de Jesús. ...